Taiwán, la isla hermosa

  • Más allá de las etiquetas, Taiwán es mucho más que una fábrica de ordenadores.
  • Un destino que no defrauda a los amantes de la naturaleza y la gastronomía asiática.
<p>Pagoda del tigre y el dragón en la localidad de Kaohsiung, al sur de Taiwán.</p>
Pagoda del tigre y el dragón en la localidad de Kaohsiung, al sur de Taiwán.
L. BELENGUER

Así la bautizaron los marineros portugueses al llegar allí en el siglo XVI. La isla Formosa es mucho más que una fábrica de ordenadores.

Si nos alejamos de la etiqueta made in Taiwán, estos 36.000 km2 de tierra entre el mar de China y el océano Pacífico albergan una belleza natural llevada al extremo: acantilados salvajes, gargantas de vértigo, lagos y aguas termales conviven en armonía con ciudades desarrolladas, coronadas por modernos rascacielos que flanquean los tradicionales mercados nocturnos.

En el norte encontramos la capital, Taipei, que concentra la esencia de esta pequeña China democrática, rica y occidental. Moviéndose en el moderno metro se alcanzan rápidamente, y a salvo del sofocante calor, magníficos monumentos como la imponente plaza en memoria de Chiang Kai-shek (líder nacionalista que presidió la República de China entre 1949 y 1975 y se refugió con su gobierno en la isla); o el Museo del Palacio Imperial, que alberga la colección de porcelana china más valiosa del mundo. Ambas construcciones, fieles al estilo arquitectónico chino.

La influencia japonesa domina las bulliciosas calles del barrio Ximending. Sin embargo, la influencia japonesa domina el barrio Ximending, un conjunto de calles abrumadas de luminosos. Allí, jóvenes a la última moda no se pierden ninguna de las múltiples actuaciones que animan la movida callejera y seguramente, como muchas noches, alquilarán una habitación de hotel para celebrar un karaoke privado con amigos.

Al margen de las visitas formales, están las obligadas. La noche de Taipei se vive, se huele y se saborea en los mercados nocturnos. En ellos se encuentran desde las más exóticas especies de serpientes hasta las frutas tropicales más extravagantes, pasando por algunos de los bocados más raros del mundo (no aptos para aprensivos). Si el coraje acompaña, vivir Taiwán es probar la tortilla de ostras, las bocas de sepia, las lenguas de oca y el tofu maloliente, cuyo hedor es peor que el sabor.

Para despedirse de la ciudad, una bonita estampa se capta desde el observatorio del 101, que con 508 metros de altura es actualmente el segundo rascacielos más alto del planeta y cuenta con los ascensores más veloces del mundo, que alcanzan la planta 89 en 37 segundos.

Descubrir los templos

Bajando por la costa Oeste de la isla se encuentra Lugang, pequeña ciudad que acoge el templo Longshan, uno de los más antiguos del país (s. XVIII), construido en madera y totalmente ajeno a los más modernos santuarios adornados con cantidad de jade. Visitar un templo requiere cumplir con ciertas creencias: se entra por la puerta del dragón, la de la derecha, y se sale por la del tigre, situada a la izquierda. La del centro permanece cerrada y reservada a los dioses.

Delante de cada deidad se encuentra un quemador de incienso donde los creyentes dejan sus palillos –después de sacudirlos tres veces al tiempo que realizan sus plegarias–, dejando un rastro de aroma y humo a su paso. Como ofrenda, se depositan bandejas con fruta y se quema dinero simbólico.

A la salida y con suerte, quizá uno se tope con una procesión encabezada por un fiel que abandona el templo mientras pisa una traca que bombardea sus pasos. Una increíble celebración que precede el Festival de la Luna, cuando los taiwaneses se reúnen en familia alrededor de una barbacoa y honran al astro.

En plena Naturaleza

Atravesando la isla hacia la costa Este, caracterizada por sus playas salvajes y acantilados de infarto, se pasa por el Lago del Sol y la Luna, clásico destino para la luna de miel de los nativos. Más allá del paisaje bucólico que ofrece esta parada, es recomendable ascender a pie hasta la pagoda Cien, donde en un día lluvioso y de niebla la atmósfera es perfecta para adentrarse en un accesible tramo de bosque subtropical.

Al cruzar la cordillera que divide la isla se alcanza el Parque Nacional Taroko. Introducirse en coche por esas carreteras que le roban su espacio natural a la montaña es casi una lucha extrema entre el miedo a la caída de cascotes –e incluso peligro de desprendimientos de tierra– y el deseo imparable de llegar hasta el centro de las estrechas gargantas.

Cruzar los puentes colgantes es una terapia de choque contra el miedo a las alturas. Ya a pie y protegidos con cascos, uno se siente diminuto al pasear por los caminos habilitados a los pies de esos inmensos cañones, ricos en mármol; o cruzar los puentes colgantes, una terapia de choque contra el miedo a las alturas. Para los más preparados, es posible pedir permiso para adentrarse en esas frondosas montañas que, desde fuera, aparentan inmensas plantaciones de brócoli gigante.

Dormir en una noche rodeado de esas montañas completa esta inolvidable experiencia de inmersión en la naturaleza más caprichosa donde todavía persisten algunas tribus indígenas, cuyos miembros más jóvenes trabajan en los hoteles de la zona y realizan espectáculos de danza y música a los clientes.

De vuelta a Taipei para coger el avión de regreso, la carretera que bordea la costa Este, en el límite de lo construible, es un espectáculo para la vista y una oportunidad idílica para despedirte del esplendor de la isla Formosa. Razón no les faltaba a los portugueses.