La Roja: “los hijos del potrero” en busca de la Copa Confederaciones

Pasaron 105 años desde el primer juego internacional de la selección chilena de futbol hasta el recordado 4 de julio de 2015, cuando un grupo de jugadores levantó el primer título con La Roja. Son...

Pasaron 105 años desde el primer juego internacional de la selección chilena de futbol hasta el recordado 4 de julio de 2015, cuando un grupo de jugadores levantó el primer título con La Roja. Son “los hijos del potrero”, que jugarán mañana domingo la final de la Copa Confederaciones

Muchos de ellos provienen de lugares humildes e hicieron sus primeras armas en el deporte más popular del mundo con esfuerzo y perseverancia, mal alimentados, en medio de la tierra y la precariedad, con arcos parados con torcidos palos de madera y redes tejidas con cuerdas por sus esforzadas madres.

Hoy, los mismos de ayer, gozan de los lujos en Europa y en Chile, se visten en exclusivas tiendas donde gastan miles de dólares en una sola visita, manejan automóviles de marca, poseen mansiones y viven una vida que hace muchos años soñaron y que alcanzaron con dedicación y, muchas veces, con una juventud postergada.

En una cancha de tierra y piedras, conocida en Chile como potrero, en medio de un barrio de bajos recursos de esta capital, ejercía la localía el club Rodelindo Roman.

En ese campo corría y pateaba piedras un niño, cuya mayor ilusión era algún día ser el mejor jugador del mundo. Era Arturo Vidal, una de las actuales figuras de La Roja y titular en el Bayer Munich alemán.

Dicen sus vecinos que cuando Colo Colo, club donde hizo sus divisiones menores, lo ascendió al primer equipo, su madre tuvo que pedir una tarjeta de crédito para poder comprar en cuotas sus primeros botines, con la promesa que todo su sacrificio sería recompensado algún día.

Mientras Vidal hacía sus primeros pasos en Santiago, en Calama, mil 535 kilómetros al norte de la capital, en una conversación de camarín, dirigentes del club Cobreloa le comentaron a su entrenador, Nelson Acosta, que en Tocopilla, aún más al norte, había un chico que jugaba muy bien.

El “Niño Maravilla”, Alexis Sánchez, llegó a su primera práctica con Cobreloa sin zapatos. En aquel entonces, el año 2004, el portero de la selección, Nelson Tapia, le cedió unos botines que le quedaban grandes, pero que el “Dilla”, como era apodado Sánchez, los sentía perfectos, aunque en realidad no los fueran.

En junio de 2005, dos jugadores hacían sus primeras armas en el mismo elenco. Uno venía desde Puente Alto, en la zona surponiente de la capital, y el otro de Renca, en el norponiente, ambas comunas de escasos recursos donde el principal reducto era un campo, siempre de tierra.

El primero de ellos era Charles Aránguiz, mientras que el otro era Eduardo Vargas. Ambos tenían la misma historia de Vidal y Sánchez, ya que provenían de familias muy humildes que apenas podían costear sus primeros botines.

Gary Medel, por otra parte, nunca sintió miedo de jugar en estadios repletos. Más de alguna vez confesó que le daba más susto jugar en el barrio y que hubieran cinco rivales esperándolo con pistolas fuera de la cancha en caso que jugara bien.

En Viluco, en tanto, 30 kilómetros al sur de Santiago, un muchacho sobresalía entre el resto de sus amigos. Jugaba al arco y sin importar las piedras o el barro, se lanzaba como si el piso fuera un gramado de golf. Era el portero Claudio Bravo, “El Monito”.

Todos estos nombres componen en la actualidad la columna vertebral del bicampeón de América y finalista de la Copa Confederaciones, quienes a punta de esfuerzo, táctica y mentalidad han podido cambiar la historia de La Roja.

La llegada de Marcelo Bielsa al combinado andino, en 2007, convirtió a la palabra “honor” en la más utilizada, mientras que su sucesor, Jorge Sampaoli, llegó con el amor a la camiseta como lema y Juan Antonio Pizzi, el actual seleccionador, supo combinar entre ataque y defensa.

Todos ellos, según los comentaristas, contribuyeron a un cambio de mentalidad, desde aquellos deportistas que se conformaban con triunfos morales a los actuales, que luchan por ser los mejores del mundo.

La primera competición donde se empezó a notar un cambio en el juego de Chile fue en el Mundial Sub-20 de Canadá, en 2007, aunque el salto de calidad fue tras caer en la Copa del Mundo de Brasil 2014 ante el local por penales, ocasión en la cual los futbolistas se juramentaron levantar la Copa América.

Hoy, al tomar un taxi en cualquier parte de Santiago y consultarle al chofer si prefería a México o Alemania en la final de la Confederaciones, este responde que “a cualquiera le podemos ganar, no le tenemos miedo a nadie”, algo impensado 10 años atrás.

Los hijos del potrero, le doblaron la mano al destino, dejaron atrás 100 años de derrotas y de salir como perdedores. Hoy, más de 17 millones de chilenos, además de todos los extranjeros que ahí residen, levantan sus copas brindando por Chile, por este cambiado Chile que hoy lucha por una nueva Copa.