La batalla de Rodrigo Montoya en el Callao

Por Lorenzo Rodríguez Blancas. Enviado

Por Lorenzo Rodríguez Blancas. Enviado

Cuando el chihuahuense Rodrigo Montoya llegó al gimnasio del Complejo Deportivo Regional del Callao, un legendario puerto peruano, con raqueta en mano y playera azul, jamás imaginó que el destino le tenía preparado un final inolvidable.

Aquellos momentos de espera fueron largos, no pudo aguantar ver como Paola Longoria, la mejor raquetbolista del mundo, se lidiaba con la argentina, de origen boliviano, María José Vargas por el título continental.

Pasó las manos sobre el rostro y secó aquellos momentos de desesperación con su toalla. En las improvisadas gradas el público alienta y causa estupor porque será una final inédita. Jamás en el ráquetbol panamericano se habían enfrentado dos mexicanos.

La potosina Paola Longoria ha ganado la triple corona. La euforia, las fotografías y los dirigentes deportivos de su país se agolpan a su paso para el recuerdo. Mientras Rodrigo Montoya sólo observa la escena y espera con paciencia su turno a la caja de cristal para hacer lo impensable.

El invencible Álvaro Beltrán, el rival, llega enfundado en su casaca roja. Listo para la batalla. Seguro y con confianza se planta en su trono en espera de iniciar el juego. Cerca de 20 años de practicar ráquetbol lo respaldan. Juegos bien librados con el sudor de su frente.

Montoya parece nervioso, pero no toma con seriedad el desarrollo de la escena. Sus movimientos de calentamiento se hacen visibles en espera de entrar en acción. Un primer set en el que Beltrán es indeciso. Las condiciones inmejorables para el bajacaliforniano.

El chihuahuense ha sabido responder y no se intimida. Mantiene la tranquilidad ante el apabullante accionar de su contrincante. 15-9 es la primera caída.

Beltrán jala aire, toma con desesperación la toalla y comienza otra manga. Ahora Montoya toma el control y gana el set por 15-6. Se ha emparejado el duelo. Sale a la tercera escena. El bajacaliforniano se ve desesperado y esto hace que llegue lo impensable.

Se estrella contra el cristal en su afán por rescatar un punto y se estremece el pequeño y abarrotado lugar. El mexicano está tendido en medio del caos. Inmóvil. Sólo la respiración que contrae. Minutos después se levanta y tras cambiar de cancha, reinicia la batalla.

Montoya se ve sereno, pero si preocupante por su compañero y maestro. Se tranquiliza cuando lo ve de pie, eso sí vendado porque se incrustaron algunos cristales de esa puerta que tumbo.

Al final Montoya se impone. No lo puede creer y es festejado. Ha derrota a un digno rival, de quien ha aprendido mucho del ráquetbol.

Ha sumado la medalla 24 de oro en la historia para superar las 23 de Mar del Plata 95. “Me siento contento. Hago historia porque es la primera vez que en Juegos Panamericano la final es entre mexicanos. Es algo que no puedo expresar y el simple hecho de llegar a la final casi me hace llorar”, manifiesta.

Montoya aún no asimila lo que acaba de hacer, “no manches, lo que le logrado”, expresa. De su rival, habla con respeto, “Álvaro inicio concentrado, pero luego no sé qué le pasó. En el segundo set me tranquilice. Creo que el accidente le afectó, la verdad no sé, pero ya ven lo que hice”.

“Sé que tenía que cumplir con el objetivo. No que no imaginaba poder lograrlo, más que nada era que si podía. Campeón del mundo, sé que tenía nivel, pero en ráquetbol cualquier descuido pude hacer perder el partido o el campeonato”, añadió.

Rodrigo Montoya se consagra como monarca panamericano y además propicia la caída de un grande del ráquetbol. Es la batalla que libró en el Callao.