Fue Ricardo Castro un parteaguas en la música nacional del siglo XX

Originario del estado de Durango, Ricardo Castro Herrera, el denominado "patriarca de la música sinfónica moderna", es recordado por piezas como "Atzimba" (1901), que trata de la conquista de Michoacán y es una de las primeras obras basadas en la cultura mexicana.

Nacido el 7 de febrero de 1864, Castro es un referente del desarrollo de la identidad plasmada en la música surgida durante el siglo pasado.

Su vida como músico, relatan sus biógrafos, inició a los 13 años en la Ciudad de México. Estudió piano en el Conservatorio Nacional y en 1880 inició su carrera como concertista.

Dos años más tarde, su talento lo hizo merecedor de un galardón en la ciudad de Querétaro y en 1883 parte de su obra llegó a Venezuela en el marco de la conmemoración del centenario del natalicio de Simón Bolívar (1783-1830).

La Dirección General de Música de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) recuerda que su proyección internacional inició con su participación en la Exposición Algodonera Internacional en Nueva Orleans, EUA, país en el que permaneció para ofrecer conciertos por diversas ciudades.

Ricardo Castro pisó tierras europeas en los primeros años del siglo XX, donde, además de perfeccionar su técnica, impartió cursos y conferencia magistrales, y ejecutó conciertos en conservatorios de ciudades como Berlín, Londres y París, entre otras, gracias al apoyo del gobierno mexicano de aquella época.

Al regresar a México en 1906, Justo Sierra (1848-1912) lo nombra al frente de la dirección del Conservatorio Nacional de Música, cargo en el cual se desenvolvería hasta 1907.

Entre sus composiciones más destacadas se encuentran "La leyenda de Roudel", "Concierto para piano y orquesta", "Vals capricho", "Bluete", "Satán Vencido", entre muchas otras.

En la actualidad, la ciudad de Durango cuenta con un teatro que lleva su nombre en su honor, y cuya bienvenida está a cargo de la estatua de bronce que guarda la memoria de quien es considerado el primer mexicano en atreverse a escribir sinfonías.