Para Brasil, lo único imprescindible es el balón

Desde que Brasil se convirtió en revelación balompédica mundial en Uruguay en 1930 con la aparición del goleador Fausto dos Santos, también se habló de elasticidad devastadora, coreografía, cadencia y garbo y, efectivamente, aquellos pasos de danza condujeron a triunfos contundentes antecedidos por actuaciones extraordinarias que se prolongaron hasta 1970.

Bajo la conducción de Mario "Lobo" Zagallo y sin efectuar cambios en su alineación original, Brasil culminaba así una gran época al obtener la Copa del Mundo México 1970, obsequiada a un país y a su pueblo por Félix, Carlos Alberto Torres, Brito, Wilson Piazza y Everaldo; Clodoaldo, Gerson y Rivelino; Jairzinho, Tostao y Pelé.

Después del efímero intervalo, la amarga excepción y durísima decepción que significó el fracaso de 1966 en Inglaterra, la selección nacional brasileña tuvo que pasar la página y comprometerse a buscar y ganar en México 70 el tricampeonato al realizar la más perfecta campaña en toda la historia de los mundiales, y a ello se debe que nos detengamos en una narración que vale la pena recrear.

El primer gol de Brasil en el 4-1 sobre Italia se originó en un saque de banda de Tostao, con los rivales descolocados y Roberto Rivelino templando un centro que el mejor futbolista de todos los tiempos alcanzó con la frente, por encima de Tarcisio Burgnich para dejar sin oportunidad a Enrico Albertosi, arquero que veía venir la tormenta sin remedio.

El segundo -un tanto que provocó que se elevaran al cielo plegarias de agradecimiento- fue de Gerson a pase de Jair Ventura: el mariscal de Botafogo, el "Divino Calvo", tomó la bola de frente, avanzó y preparó su zurda de otra galaxia, con el espacio libre para disparar al arco, sin contemplaciones, terminando con el equilibrio entre ambos contendientes. Brasil cautivando e Italia perdiéndose anodinamente.

El tercero: tiro de castigo que Edson Arantes toca con la frente para que Jairzinho entre como huracán sobre la pelota y choque con el portero, arrasándolo materialmente, en momentos en que, con los colegas extranjeros -entre ellos el capitán de Inglaterra, Bobby Moore, habilitado como cronista de radio y televisión- la prensa gozaba de tanta excelsitud junto con los restantes 115 mil espectadores que, jubilosos, no daban crédito a lo que miraban sobre la grama húmeda del estadio Azteca en el barrio de Santa Úrsula.

En el cuarto gol -rúbrica de un torneo que no queríamos hubiera terminado- Carlos Alberto culminó el trabajo de medio campo de Gerson que cedió la bola a Pelé, quien, sereno, abrió en corto hacia la derecha, con toque maestro, para que el capitán de la selección enviara a las redes un proyectil disparado de primera intención que jamás se olvidará, cuatro minutos antes de concluir aquel partido y aquel Mundial.

"Aquí lo único imprescindible es el balón", dijo Zagallo, cuya estrategia había funcionado mientras sobrevenía la apoteosis brasileña con olor a multitud y a ritmo de samba, porque la diosa dorada en manos de Carlos Alberto, la codiciada Copa Jules Rimet, ya era patrimonio exclusivo de un Brasil irresistible.

Quienes cargaron con el dolor de la derrota se llamaron Albertosi, Burgnich, Faccheti, Cera y Rosato; Bertini, Domenghini y Mazzola, De Sisti, Boninsegna y Riva, reforzados en la segunda parte por Salvatore Giuliano y Gianni Rivera, sin que los sudamericanos requirieran relevar a ninguno de sus figurones en los 90 minutos oficiales que duró el juego.

Brasil respondió al gol contrario con tres pasos de batuque y un tiro de gracia a la cara del enemigo, sin precisar de tácticas defensivas ni especulaciones inútiles, ratificando ser algo fuera de serie en el futbol universal con sus cracks que -desde niños, meninos peladeiros- acarician el balón en las playas doradas que besa el Atlántico inmenso y azul, eterno y arrullador.

Así se escribió la historia, para no olvidar que -como seguramente ocurrirá durante el XX Campeonato Mundial de Futbol Brasil 2014-, en el planeta aún existe un país que apuesta al espectáculo, no obstante la ausencia de astros similares a los que entonces conocimos; pero que, en nombre de ellos, los verdeamarelos de ahora -David Luiz, Paulinho, Fred, Marcelo, Óscar, Hulk, Jo, Neymar-, esperamos sigan reivindicando a los de ayer.

Hay que recordar a los astros que, el 21 de junio de 1970 -honrando lo dicho en 2010 por el ex presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, al destacar que, esa selección y casi todas las que han actuado en justas mundialistas desde 1930- hicieron a un pueblo tan feliz porque ese equipo, como los que le antecedieron durante parte de una centuria, jamás podía perder.