La Copa del Mundo de Brasil 2014 ya empezó

Brasil retuvo para siempre, el 21 de junio de 1970, la Copa Jules Rimet, estatuilla de oro que simbolizó en esa época la supremacía universal en el futbol, sin embargo, la Copa del Mundo celebrada ese año en México está viva, debido al significado que adquirió para el país su selección al reafirmarse como símbolo y parte de su identidad nacional.

Casi medio siglo después para los brasileños el vigésimo Campeonato Mundial de Futbol, a celebrarse en el verano de 2014, ya empezó, y a ello obedece que la "verdeamarelha" se haya convertido en equivalente a la bandera e himno del país, al orgullo y talento de su gente, espectáculo, religión, devoción y fortaleza de una autoestima que se creía perdida.

"Es el Brasil entero -dijo el ex presidente Luiz Inácio Lula da Silva al darse a conocer que su país sería sede mundialista- que se siente jugando y dando espectáculo, porque a partir de 1958, 1962 y, especialmente de 1970, demostramos al mundo capacidad para ser el mejor entre los mejores, porque la selección nacional tiene el don de hacer que nuestros corazones palpiten apasionadamente al mismo ritmo".

Calificados por representar al país sede en 2014, los herederos de la mejor tradición de aquellos años que no pierden su grandeza están listos, no obstante que -según los críticos- el dinero, los derechos de publicidad y el mercantilismo están primero que la patria amada e idolatrada de quienes hemos conocido el Brasil amoroso y profundo.

A lo largo de los años se ha tenido numerosos testimonios y reconocimientos a un balompié que no se compara: radiante, único, solamente brasileño, cuna de Pelé, Garrincha, Djalma, Nilton Santos y otras figuras del pasado y el presente, protagonistas todos ellos de momentos luminosos en los homenajes a esa Selección hecha leyenda en México 70, al inicio del último tercio del siglo XX.

Por méritos indiscutibles, la Selección de Brasil, ganadora del tricampeonato en México, se convirtió -a juicio de Lula da Silva-, en la más exitosa de todas desde 1930, esa que llegó a la final contra Italia, aquel 21 de junio de ligera llovizna dominical sobre la capital mexicana.

A lo lejos, bajando el puente del costado oriental del estadio Azteca, en el sur de la Ciudad de México, que comenzaba a llenarse, los bombos de la batucada se escuchaban insistentes y estruendosos en manos de personajes carnavalescos envueltos en banderas verdes y amarillas.

Ruidosos, los torcedores de Brasil iban a ofrecer sus cantos y su grito a un grupo de futbolistas portentosos que llegaban invictos a la gran decisión, marchando a paso de vencedores hacia el triple cetro mundial para enfrentar a los italianos.

Era el juego número 32 después de cuatro semanas de transcurrido un banquete balompédico que permitió a México ser escenario y anfitrión del más brillante Campeonato Mundial que se haya visto, a decir de los fanáticos brasileños, culminado con un juego perfecto, desarrollado por nota.

Aquella mañana húmeda de domingo, con el sol asomándose tímidamente, calentando poco a poco, Brasil entero esperaba se consumara la victoria sobre la squadra azzurra del técnico Ferruccio Valcareggi, cuyas primas donnas eran entonces los jugadores mejor pagados del planeta.

En ella estaban nombres millonarios, las grandes figuras, quienes cuatro días antes (el miércoles 17 de junio) habían derrotado a la Alemania de Franz Beckenbauer, Gerd Müller, Berti Vogts y Uwe Seeler en el bien llamado "partido del siglo".

La evocación de ese 21 de junio de 1970 no se agota, y en la memoria quedan episodios de una batalla a muerte, entre los que se recuerda a Bobby Moore, capitán de Inglaterra, como comentarista de la BBC-ITV de Londres, mirando tamaño prodigio de juego desde un palco privilegiado.

Había que contemplar a esos sudamericanos tocadores de balón, artífices, dioses, brujos, macumbeiros y feiticeiros que, representados por Gérson Nunes con su número 8, se hincó sobre el césped a dar gracias a sus deidades tras la caída del tanto que rompió el empate al minuto 18 de la segunda parte.

La multitud rugiente estremeció el estadio capitalino, como había ocurrido en la fase eliminatoria previa contra Paraguay de 1969 en Maracaná, en el templo mayor de ese país que, desde fines del siglo XIX aprendió a amar y a contagiarse de esa fiebre introducida en Brasil por Charles Miller en 1894, sin que a la fecha se le encuentre remedio.