Zapatero remendón, un oficio que lleva magia en las manos

Zapatero remendón, un oficio que lleva magia en las manos

El ruido de la máquina de coser apenas deja escuchar la voz de Blanquita, quien lleva alrededor de 20 años cambiando suelas y pintando zapatos, un oficio que aprendió y heredó de su padre. Y es que...

El ruido de la máquina de coser apenas deja escuchar la voz de Blanquita, quien lleva alrededor de 20 años cambiando suelas y pintando zapatos, un oficio que aprendió y heredó de su padre.

Y es que esta labor "es un arte, es como hacer magia con los zapatos, porque cuando entran por la puerta parecen viejos, desgastados y sin brillo, pero al pasar por mis manos se convierten en un par de zapatos que dan, la mayoría de las veces, la apariencia de nuevos".

En un local pequeño ubicado en División del Norte, en la Ciudad de México, Blanquita tiene lo necesario para hacer el trabajo que le pidan los clientes. Se trata de un oficio que "da para comer, vestir y hasta para pagar la renta del local".

El ir y venir de las personas en la calle no distrae su atención, para ella, hacer un buen trabajo, impecable, asegura que los clientes regresen, “atraparlos por tiempo indefinido, cada que requieran de una suelas o hasta de una boleada”, señaló.

En este oficio, Blanquita es un ejemplo de que no existe nada que las mujeres no puedan hacer. “Cuando mi padre estaba al frente de la reparadora no me interesaba mucho, no ponía atención a lo que hacía, pero al paso del tiempo uno le agarra cariño".

“El oficio es una herencia, mi papa lo empezó hace más de 40 años, cuando yo estaba pequeña, aunque en lo único que utilizaba mi tiempo en ese entonces era en la escuela y en los juegos”.

Para Blanca, el trabajo comienza todos los días a las 10:00 horas y termina a las 20:00 horas, siempre y cuando no haya trabajo pendiente de entregar para el otro día. Incluso los sábados.

Con cuatro hijos, la mujer de aproximadamente 45 años, con huellas en sus manos por el trabajo diario y las uñas pintadas con la tinta para zapatos, aseguró que el trabajo es fácil, lo único que exige son ganas de aprender y hacerlo bien.

Con una bata de trabajo que esconde el color azul detrás de las manchas de tinta negra, café y hasta roja, la “zapatera remendona” sigue inmersa en su trabajo: cuidadosa, pasa por la máquina de coser el zapato que demanda una nueva suela.

De pronto, la voz de un niño le pide dinero para comprar algo para su tarea, ella interrumpe su trabajo, levanta la vista para sacar de la bolsa de su bata unas monedas y se las entrega a su hijo, para luego continuar con el cambio de suela del otro zapato.

El costo de las composturas varía mucho, indica Blanca, hay desde 15 pesos, precio que cuesta una costura en alguna parte del calzado, hasta 250 pesos por los cambios de suelas.

Existen composturas que por su exigencia y delicadeza se llevan a cabo con las manos, lo cual requiere de toda la destreza del zapatero, así como dedicación, paciencia y materiales de calidad que aseguren un buen resdultado para el cliente.

Blanquita arregla tacones a zapatos y botas de todo tipo; para ella, reparar o hasta cambiar los tacones de aguja no representa problema alguno. Aprendió paso por paso las técnicas de su padre, y sabe exactamente como debe hacerle para que un tacón quede igual que el original. 

Antes de entregar el calzado reparado, Blanca les da grasa, los pule y abrillanta con un lienzo largo, hasta que los hace rechinar, además de cepillarlos, para la satisfacción absoluta del cliente.

No sólo remienda zapatos, también hace reparaciones a cinturones y a bolsos de todo tipo, ya sean casuales, formales y deportivos, grandes, medianos y chicos.

Actualmente, algunas máquinas han sustituido el trabajo que por cientos de años realizaba el zapatero remendón, sin embargo, Blanca ha tratado de no dejar atrás sus viejas herramientas y, sobre todo, el trabajo hecho directamente con sus propias manos.

El oficio del zapatero hasta ahora no ha podido ser sustituido del todo por las máquinas, porque las manos son las que siguen los pasos exactos y minuciosos para confeccionar un par de zapatos.

En la actualidad, por algunas calles de la Ciudad de México y de todo el país, aún se pueden escuchar a cualquier hora los gritos de un zapatero remendón que anuncia su trabajo a domicilio.

Sentado en el quicio de las puertas o en las banquetas, con su pequeño cajón de madera a un lado, se dispone a arreglar desperfectos menores de los zapatos o bolearlos, y con la magia de sus manos dejarlos como nuevos.

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