Organillero, artista urbano que aún persiste

Organillero, artista urbano que aún persiste

Con el instrumento cargando a su espalda, José Juan inunda las calles del centro de la Ciudad de México con las melodías de su organillo. Con música de todas las épocas, el organillero deleita el...

Con el instrumento cargando a su espalda, José Juan inunda las calles del centro de la Ciudad de México con las melodías de su organillo. Con música de todas las épocas, el organillero deleita el caminar de las personas que pasan a su lado.

Este oficio es noble, relajante y un enriquecedor del arte. Aquí conoces música de toda época, a sus compositores y cantantes, aprendes a ver en el rostro de las personas que la escuchan el efecto que produce percibir las notas musicales.

Ataviado con su uniforme y cachucha color caqui, José Juan asegura que cargar el organillo que pesa entre 40 y 45 kilogramos no es cualquier cosa, y el respeto a la gente es una regla inquebrantable.

"Esa es la parte más importante de este oficio, por eso estamos parados en las calles después de tantos años, porque trabajamos para un público, tocamos para que nos escuchen con agrado", dice.

Para José Juan, ser organillero es principalmente un escalón para llegar a ser un profesionista, tener los recursos para pagarse una carrera, y luego dejar el lugar a otra persona que quiera escalar en la vida y sólo tocar el cilindro por amor al arte.

Emocionado, comenta a Notimex que Alex Lora, el cantautor y vocalista del “Tri”, se detuvo un día a escucharlo, “estuvo en silencio mientras estaba sonando el cilindro, sonrió y manifestó su reconocimiento por este trabajo, y luego continuó su camino”.

Recuerda que en otra ocasión una señora con su hija pararon su caminar para escuchar la música, “y de pronto la madre me pidió que si podía poner 'Las Mañanitas' para felicitar a su pequeña por sus 15 años; fue muy emotivo por la emoción de la niña”.

Tocar el cilindro es todo un arte, refiere, y no cualquiera podría hacerlo, se necesita conocer su manejo, las partes que lo componen, cómo cargarlo, cómo manejar la manivela del instrumento, cómo elegir las melodías y hasta cómo llamar la atención del público, de las personas que pasan a un lado.

Asegura que no hay escuela ni universidad que enseñe a manejar este instrumento, la escuela es la calle, los profesores son los compañeros o la familia, que por lo general se han dedicado a este trabajo. “Mis tres hermanos mayores que yo también alegraron las calles con su música”.

José Juan explica que si se carga, se levanta o se coloca en el piso de forma equivocada, el organillo se puede afectar y con ello el sonido de la música, pues se desafina, y "los que nos dedicamos a este trabajo tenemos que tener mucho cuidado con su manejo”.

Repartidos en cada esquina, calle o cruceros de la Ciudad de México, los organilleros luchan cada día para que el oficio forme parte de los atractivos de las calles de la capital del país, y para sostener a su familia o sostener sus estudios.

Porfirio, otro organillero del primer cuadro de la Ciudad de México, asevera que esta música perdura en México gracias a que el gremio no ha dejado de luchar día a día por esto, y gracias también a que cualquier tipo de música es bienvenida en todas partes.

“De la música nadie se esconde, hay para todos los gustos y nunca, ningún día, desde hace 25 años que me dedico a esto, he tocado sólo para mí, siempre hay alguien que detiene su paso para disfrutar de mis melodías", refiere.

Desde hace decenas de años, los organilleros son parte importante de las calles, de las avenidas, de los cruceros, no sólo del centro de la Ciudad de México, sino de todo el país, señala con orgullo.

"Es una regla para nosotros estar siempre uniformados, limpios, con zapatos boleados y parados de manera correcta para maniobrar el organillo, y que su música se escuche a la perfección", dice.

Ser organillero, además de dar muchas satisfacciones, también es un trabajo noble; “yo gano al día entre 200 y 250 pesos, con lo que puedo mantener a mis hijos y esposa sin problema”.

La antigua forma de regalar las notas musicales a los transeúntes que van y vienen por la avenida 5 de Mayo, en el Centro Histórico de esta ciudad, es para Porfirio la forma de obtener dinero para sostener a su esposa y a sus dos hijos.

Aprender a maniobrar el cilindro a la perfección le llevó más de cinco años. Ver con atención a sus hermanos cómo lo manejaban, cómo lo cargaban, cómo hacían girar el “rodillo” o “chayote” que al soltar el aire, es como se emite la nota musical.

Orgulloso de haber elegido este oficio que llegó al país aproximadamente en 1880, este artista urbano asegura que el instrumento musical es como un piano de cola, al que se debe tratar con mucho cuidado y respeto, pues la magia que despide en cada una de sus melodías es incomparable.

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