Tarantino conquista el Oeste con 'Django desencadenado'

Django desencadenado
El actor Leonardo Di Caprio encarna al villano que se enfrenta a Django, el protagonista del esperado western de Quentin Tarantino. (SONY)
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  • Polvo, caballos y armas. Carcajadas y sorpresas, venganza, violencia y acción.
  • Así escupe Tarantino su particular visión del wéstern y la esclavitud.

Va más allá del cine: cada nueva película de Quentin Tarantino es un fenómeno cultural, sociológico. Desde Reservoir Dogs o Pulp Fiction, el director ha sabido reinventar el séptimo arte a base de iconoclastia y respeto, talento y provocación. Películas magníficas. Quejas y aplausos. Un genio.

Un genio que, en Django desencadenado, mira al cine del pasado. En concreto al espagueti wéstern, a las áridas y crepusculares películas de los maestros Sergio Leone o Corbucci. El bueno, el feo y el malo del siglo XXI, acorde a los nuevos tiempos: descreído y salvaje, revolucionario y eterno.

Ver esta película puede convertirse en una especie de rito de iniciación Porque eternos son tipos como Django, el protagonista. Oculto tras el esqueleto de Jamie Foxx, Django es un esclavo negro con muchas cuentas pendientes pero, claro, cubierto por cadenas que le impedirán saldarlas. Hasta que se cruce con un peculiar personaje, el Doctor Schultz, que le permitirá retomar las riendas de su odio y su vida.

¿El Doctor Schultz? Solo Tarantino puede proponer personajes así. Encarnado por Christoph Waltz, Schultz es un despiadado cazarrecompensas tan simpático como carente de escrúpulos. Django y Schultz recorrerán Estados Unidos arrasando campos de algodón, impartiendo su particular justicia y enfrentándose a los esclavistas.

Porque, claro, en una película de Tarantino tiene que haber desquiciados (y maravillosos villanos). Aquí, son tiránicos terratenientes adictos a las hembras de color y las peleas de mandingas. Son diabólicos tipos a los que dan vida los rostros más inesperados. Leonardo DiCaprio, que demuestra una vez más que es tan guapo como talentoso. Don Johnson (sí, ¡Don Johnson!), ácido, sorprendente, vivo. O Samuel L. Jackson: un negro que apoyará hasta la muerte a la esclavitud y a su dueño.

Todo eso y, cómo no, mucho más, cabe en una película de Tarantino. Una película, tal vez, algo sobrada de metraje, que a veces se hace demasiado larga. Una película, eso sí, llena de momentos sublimes, carcajadas, palabrotas, cerebros desparramados y polvo, caballos, armas. Porque es un wéstern. Porque es Tarantino.

¿Un rito o una falta de respeto?

"No quiero sonar pretencioso, pero la próxima generación de niños negros va a crecer en un mundo en el que Django desencadenado ya existe. Ver esta película puede convertirse en una especie de rito de iniciación", lo dice, por supuesto, Quentin Tarantino, que tras hablar de mafiosos o nazis se centra ahora en el racismo y la esclavitud. No todos están de acuerdo: Spike Lee, el director negro por excelencia, se ha negado a ver la película por considerarla "irrespetuosa".

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